Desde el primer momento me trató como si mi aspecto no fuese distinto al suyo. Sin embargo, cuando vio mis manos, enseguida me dijo que era imposible que yo pudiera realizar un oficio tan delicado como la cestería. Lo sentía mucho, pero estaba claro que ambos íbamos a perder el tiempo. Pero el tiempo nunca se pierde tratando de conseguir un sueño, ¿no le parece, señor Wells? «Usted enséñeme», le dije, «solo entonces podremos descubrir si está en lo cierto o no».
Wells contempló el perfecto trenzado del canasto que Merrick sostenía con tanta reverencia entre sus deformes manos.
-Desde entonces he hecho muchos cestos...
El mapa del tiempo, Félix J. Palma.